¿Está en peligro la presidencia de Trump?

junio 8, 2017 by  
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¿Cometió el presidente Donald Trump obstrucción de la justicia al pedir al entonces director del FBI, James Comey, que dejara de lado la investigación sobre Michael Flynn, el destituido asesor de Seguridad Nacional por haber tenido contactos impropios con agentes de Rusia?

Esa es la gran pregunta que se desprende de la pasada comparecencia de Comey, despedido por Trump al parecer por la forma en la que estaban siendo conducidas las indagaciones sobre la injerencia de Rusia en la pasada elección.

James Comey, despedido por Donald Trump de su posición como director del FBI, testificó ante el Senado. (AP)
Comey ha dicho enfáticamente que él no juzgará o calificará si la petición de Trump de suspender la investigación sobre Flynn constituye una obstrucción de la justicia y ha dicho que no se indagaba específicamente al presidente en lo relacionado a las actividades de contrainteligencia rusas durante la campaña electoral. También añadió que, con todo, no afirmó enfáticamente eso de modo público para prevenir tener que retractarse si pesquisas posteriores en ese u otros ámbitos sugirieran una implicación de Trump. Es decir, no había seguridad absoluta para exculpar al presidente, como tampoco había un afán directo del FBI de crear una narrativa de que una investigación así estaba sucediendo.

Pero las actitudes de Trump, sus peticiones de lealtad personal a Comey en el contexto de su permanencia en el puesto y su afán impropio al decir que esperaba que “dejara ir” la investigación de Flynn –que Comey dijo haber entendido como una orden del presidente– consternaron y preocuparon al entonces director del FBI y al liderazgo de esa agencia. Y han sacudido severamente a la opinión pública estadounidense.

Ya ha quedado claro que el despido de Comey, según sus propias palabras y las de Trump, estuvo directamente relacionado con la investigación sobre Rusia y, posiblemente, porque Comey optó por no abandonar la investigación de Flynn. Y el exdirector del FBI fue enfático y afirmó ante el Senado que fuerzas del gobierno de Rusia trataron de interferir en el proceso electoral de 2016, infiltraron y filtraron información del Partido Demócrata e incluso trataron de comprometer sistemas de votación, aunque ningún voto habría sido alterado por ello.

En la audiencia senatorial quedó claro que el tema ruso no es ‘fake news’, sino un grave ataque a la democracia estadounidense.

Los senadores Mark Warner (D) y Richard Burr (R), titulares del Comité de Inteligencia del Senado durante la comparecencia de James Comey. (AP)
En ese contexto, las revelaciones de que Trump nunca habló con Comey sobre detalles de la injerencia de Rusia en las elecciones ni sobre lo ominoso de esa irrupción ni de la necesidad de preservar la democracia estadounidense de esas acciones (mientras, en cambio, mostraba gran cercanía hacia el gobierno ruso e incluso compartía información clasificada con algunos de sus más altos funcionarios) completan un panorama de fuertes dudas y suspicacias.

Sin embargo, aunque demócratas como el representante Adam Schiff han dicho que el testimonio de Comey sobre la conducta de Trump es evidencia de obstrucción de la justicia, aún habría mucho camino por andar y pruebas por aparecer para que una acusación de esa naturaleza pudiera progresar en el ámbito judicial.

Y, en contrapartida, hay voces que o bien consideran que el testimonio de Comey y lo que él dice que le dijo Trump no son causa probable para abrir un caso por obstrucción de la justicia o de plano rechazan la veracidad de lo dicho por el director del FBI.

El líder de la Cámara de Representantes, Paul Ryan, también defendió a Trump al señalar que el presidente “es nuevo en esto”, es decir en las interacciones con altos funcionarios de agencias de seguridad e inteligencia y, por ello, sus conversaciones con Comey no serían sino una falla sin intención. Uno aspiraría a tener un presidente que no yerre por novato, pero esa situación sería comprensible, aunque no excusable, para Ryan.

Con todo, aún queda la sensación de que hay gato encerrado.

En sus reuniones, Donald Tru mp le pidió a James Comey, entonces director del FBI, frenar las indagaciones sobre Michael Flynn y la injerencia de Rusia. (ABC News)
Es claro que el caso creó una ruptura entre el presidente y el liderazgo del FBI y Comey dijo que la administración, e implícitamente el propio Trump, eligió difamarlo, y que las afirmaciones sobre que el FBI estaba en zozobra por el negligente liderazgo de Comey eran mentiras. Mentiras en las que estuvo implicado el presidente. Al respecto, la Casa Blanca ya ha rechazado tácitamente que Trump sea un mentiroso, como Comey afirmó de modo rotundo.

¿Pero para qué difamarlo, tratar de minar su credibilidad si no hubo hasta ese momento intento de obstrucción ni investigación directa sobre el presidente? La respuesta, que no pude responderse de modo inequívoco, abre especulaciones sobre un temor de que Comey pudiera afectar a Trump y la administración con sus revelaciones (la advertencia de Trump sobre que la posible existencia de grabaciones de su conversaciones con Comey es un dato) o, quizá, una revancha personal y visceral por que Comey no le fue ‘leal’ al presidente.

Y si se añade que Comey dijo que escribió en memos las conversaciones que tuvo con Trump por lo inusual de su naturaleza, porque pensaba que el presidente podría mentir sobre lo dicho en esas reuniones y por ello necesitaba documentarlo, las dudas sobre la conducta, la veracidad y capacidad de Trump al respecto se ahondan.

Así, aunque hay indicaciones de inexperiencia, posible negligencia y extraño interés personal o político del presidente, todo ello no es aún prueba indiscutible de que hubo un intento consciente de Trump de obstruir la justicia. Su comportamiento, con todo, luce impropio de la investidura presidencial, incluso podría ser considerado abuso de poder, y desde luego es problemático y escandaloso en términos políticos. Máxime dado que la investigación sobre la intrusión rusa continúa y aún habría mucho por revelar al respecto.

Hasta ahora, el testimonio de Comey podría no tener consecuencias legales negativas para Trump, pero la imagen del presidente y su instancia política y pública sí han resultado afectadas.

Finalmente, en paralelo al tema de la obstrucción de la justicia surge nuevamente con fuerza el de un proceso de destitución presidencial, en el que las actitudes de Trump mencionadas por Comey sí podrían dar pie a algunos en el Congreso a tratar de abrir un caso de ‘impeachment’. En este caso, más que el peso en sí de las acusaciones o las conductas extrañas del presidente, es la voluntad del liderazgo y las mayorías republicanas las que tienen la llave. Sin un apoyo importante de legisladores republicanos un proceso de destitución no iniciará.

La gran pregunta es cuántas gotas hacen falta para colmar el vaso, sobre todo el de los republicanos, para que decidan deslindarse de modo tajante de Trump. Y qué tanto este escándalo puede alterar acciones legislativas clave, como la aprobación del presupuesto o las reformas fiscal y de salud, al grado de suscitar un impasse general.

Hasta ahora parece que mucha agua aún haría falta para superar las esclusas, pero el río de las revelaciones sobre la injerencia de Rusia luce caudaloso.

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